Sin titulo
Fui testigo involuntario de la paulatina transformación que sufrió –o bien, disfrutó– la embrutecida criatura a la que antes consideré mi espíritu. Quiero creer y pensar, especialmente ahora y pasados los años, que me desentendí a tiempo como para poder relatarles, sin ataduras ni distorsiones, lo que ocurrió durante una fracción de mi vida y los horribles acontecimientos que mis propias manos protagonizaron. Les aseguro que hoy soy inmune a la excrecencia oscura que me corrompía antaño, en el advenimiento incesante de la eterna noche.
Pienso (aunque bien vale decir “creo”), que me volví loco sin motivo aparente y un día cualquiera: Una densa sombra sobrevino en una húmeda tarde de otoño y se posó sobre mi cuarto, sobre mi cabeza, luego mis manos y eso fue suficiente. Noté dentro de mí un espectral peso, acompañado de visiones oníricas y alucinaciones colosales: Observé un torrente de cordones montañosos que a toda velocidad avanzaban hacia un mar de furioso oleaje. Un despliegue de indómita fuerza que arrancaba ciudades completas desde sus cimientos, quemando en cada avance, extensos bosques que se perdían dibujando columnas de humo negro, en la fina línea del horizonte. Entonces la tierra se angostó hasta dejarme, a mí y a mí solamente, en una orilla de playa, entre los límites de un frío océano, en un oscuro y a la vez profundo e inquietante abismo. Con ello comprendí los límites de mi mente y fue una revelación aterradora, devastadora en cuánto al quiebre de las dimensiones de lo posible y el bloqueo de las rutas navegables de mi propia capacidad. Este “estado” en el que me sentí prisionero, contrajo considerables problemas a mi persona con toda la mayoría de la gente que no sufrió como yo, la fractura de lo real. Muchas de mis relaciones sociales perecieron junto a mi cabeza.
Lamento día a día lo ocurrido a las personas a las que mi impío espíritu destruyó, aunque lamento más aún no lamentarlo con sinceridad, sino tener que vivir condenado a llorar mi falta de dominación sobre los más hondos impulsos, entre ellos, la memoria. Por ejemplo, no recuerdo la vez que apuñalé hasta la muerte a un anciano en un parque ¿En qué iba yo pensando? Si tan sólo recordara una minúscula sugerencia de mis intenciones de ese día para recrear las agresivas pulsaciones que moran en mi memoria y que me condujeron a tan impío acto, entonces podría declararme culpable y estas letras, que hieden a expiación, quedarían carentes de sentido y aisladas por el muro de lo incógnito
.Leí hace algún tiempo, en el informe oficial de la policía, que alguien me oyó gritando: “!Et tu brute, et tu brute!” y yo ni siquiera sabía qué significaba, me lo explicó con detalles después de que había sucedido el ataque al anciano del parque, la primera psiquiatra que trató mi caso. Me contó que era un fragmento de Shakespeare, de la obra La Tragedia de Julio César. No me lo creí cuando lo dijo, o mejor dicho, no tenía sentido tal cosa como para ser creíble. Yo soy casi un analfabeto, además de un bruto que intentó buena parte de su vida, si me permiten en una expresión, a clavar dos clavos dentro de un clavo con los dedos. ¿Entienden? Desde niño estuve ganándome la vida en labores tortuosas y severas, como la de plantar zanahorias en el campo, ¿Han plantado zanahorias alguna vez? ¿Todo el día encorvado con las manos en la tierra? Les aseguro que recordarán para siempre el primer día de trabajo y querrán olvidar a perpetuidad el segundo. Esos eran mis oficios y actividades desde mi juventud hasta que entablé alianza con el delirio. Nada de poesía ni libros, pues prefería la vida encorvado con la mirada en la tierra a tener mis ojos taladrados en páginas impolutas y embusteras. En fin, volviendo a lo de mi descontrol y violencia, sucedió otro hecho igual de desconcertante y anterior al ataque en el parque cuando citaba al –luego supe– “moribundo” Julio César de Shakespeare. En el tiempo madre de mi decadencia, en el origen de mi propio desvarío.
Fue la época en que caí en un espiral desconocido, el tiempo en donde sentí una presencia ingrávida y envolvente, cuando la locura me invitó a su baile impertérrito y al mismo momento extenso y dionisiaco: Una mañana de verano, altiva, cálida y radiante, no me presenté en la cuadrilla de peones para ir a una siembra de zanahorias (para variar), me quedé en casa compungido entre las sábanas, enredado en mi alcoba y prendiendo un cigarrillo tras otro. Estos eran los tiempos en que yo era un chiquillo, en donde mi alma, mi espíritu y mis deseos eran maniatados o liberados a mi antojo, pues mantenía aferrado el timón de mi proletaria vida. Era un pobre obrero que, a diferencia de hoy en día, disfrutaba soberanamente de la cordura.
En la tarde de ese día, en casa (yo recuerdo haber sido arrendatario de un piso), sentí una poderosa presencia a mí alrededor. El aire agarró un peso por sobre lo denso hasta el punto de emanar, por los rincones del cuarto, una neblina oscura que penetró mi vista y mis sentidos. Naturalmente pensé que era el humo de infinitos cigarrillos estacionados en mi cenicero (por lo demás, sobrepoblado de colillas), pero no percibí olor a tabaco quemado, no había aroma alguno en la habitación aunque seguía nublándose por los rincones y mis ojos no daban crédito ni explicación de lo que veían. Luego, la oscuridad y el frío. Supongo que caí desmayado porque desperté por la mañana –no sé si a la mañana siguiente, pero sin duda una de ellas– tendido a los pies de mi cama, en el rígido suelo. La habitación me pareció extraña y ajena, pero era la misma de siempre, con mi pequeño velador, las persianas a medio abrir y la cama deshecha. A pesar de las innegables características, el lugar no me era conocido del todo y me invadió una extrañeza angustiante, sobreviniendo un dolor punzante en la boca del estómago que penetraba fuertemente, infringiendo calambres hasta inducirme al vómito. Las náuseas me llevaron corriendo al cuarto de baño que afortunadamente estaba frente a mi habitación. Al abrir la puerta, un charco de sangre cubría la base de la bañera. Vomité un torrente extenso e incoloro, mientras mis ojos se desviaban involuntariamente (cuando no estaban concentrados en apuntar al inodoro) hacia la bañera, teñida de un sospechoso carmesí. Cuando el último estertor de mis entrañas finalmente se esfumó, lavé mi rostro sudoroso y sequé mis ojos empapados, respiré hondo y me volví hacia la bañera para comprobar lo que era imposible de negar. Efectivamente era sangre, que no sólo estaba esparcida en la bañera sino que también en la pálida puerta del cuarto de baño, dibujando una roja huella de mano y líneas inconexas, como una sutil sugerencia a un cuadro de Jackson Pollock. Yo estaba aterrado al mismo tiempo que impasible, además de mareado y enormemente confundido. Volví a mi cuarto para sentarme en la cama un momento, esperando reconstruir, a modo de rompecabezas, lo que había sucedido. Yo ni siquiera había previsto salir ese día, entonces ¿Cómo era posible que hubiese sangre en el cuarto de baño? Y ¿Cómo fue que dormí tan profundamente sin darme cuenta de nada? Pensé en la neblina, recordé (o intenté reconstruir mediante mi frágil memoria) la presencia oscura que me había derrumbado antes de desvanecerme en un desmayo. Me devané los sesos, durante ese angustioso instante, intentando ligar un evento con otro y, frente a la imposibilidad de hacerlos engranar decidí salir de casa, me vestí con celeridad y salí al pasillo. El ruido de cristales y vidrios rotos crujían por el suelo, levanté la planta del pie y observé la suela para descubrir el débil destello lumínico de las diseminadas piezas de cristal que se incrustaban en las honduras de mis botas. No sólo vidrio, sino pedazos de marcos y fotografías dispersas, todas rotas y fragmentadas. Estaba demasiado confundido, mareado, extrañado en aquel punto del día. Levanté una de las fotografías desde el suelo –o lo que había de ella– y era una joven mujer sonriente, luego levanté otra, era la misma mujer, luego otra y otra, en todas se repetía esta imagen. ¿Quién era esta joven mujer? ¿Por qué mi hogar estaba repleto de sus imágenes? La confusión era enorme, avasalladora y asfixiante. Sangre, nauseas, olvidos y fotografías de gente que desconocía decorando mi hogar (si es que ese lugar era mi hogar), se me presentaron como artefactos y talismanes en la antesala a mi extravío. Salí a la calle sin saber a dónde. Para escapar probablemente, pero ¿Escapar de qué?
Me dirigí hasta una estación de policía para contarles lo que había visto en la mañana. El oficial que me atendió no pareció inmutarse con el relato, mientras yo me esforzaba en describir detalladamente la cronología de los inverosímiles sucesos. Transpiré frío y unas gotas de sudor destacaron un surco húmedo en mi frente, el oficial insinuó tomar nota de mis descargos y llamó por teléfono, creo que a un superior (por la forma respetuosa y lacayuna con la que lo saludó) para comentarle lo que yo había le había descrito. Luego de asentir un par de veces y soltar monosílabos incomprensibles, el oficial de policía me hizo acompañarlo a otra sala en donde estaban conversando dos tipos, vestidos de traje, con corbatas excesivamente ceñidas al cuello, supuse eran policías, pero vestidos de civil. Uno de ellos, una persona de edad mediana y gordo, me invitó a sentarme para luego mirarme fijamente y preguntarme “¿Por qué los mataste?”, yo quedé estupefacto, aunque no perdí la noción de la realidad y respondí seguro: ¡¿Qué dices?!, ¿A quiénes te refieres? “A tú esposa y al viejo del parque”, me respondió extrañado, “¿Sabías que ese día el viejo se había jubilado? Toda una vida dedicada al trabajo. Haces lo tuyo sin molestar a nadie y siendo un factor importante de la producción, pasa el tiempo, te retiras con una justa pensión para pasar tus días bajo un merecido descanso y viene un hijo de puta y te arrebata esa satisfacción de deber cumplido en un instante de locura, con un cuchillo en mano”. Yo miraba atónito al funcionario gordo y él, no apartaba sus sentenciantes pupilas de la mías, mientras que el otro policía, apoyado en la pared de esa lúgubre salita y con los brazos cruzados exclamó, “dicho así, parece un acto poético de este asesino, y a mi no me parece tal cosa, ¿Viste las fotografías de su mujer? En cuatro partes la encontraron y aún falta la cabeza”. “Sí, claro, claro. Las he visto, pero lo que más me inquieta de este monstruo, es que le encontraron leyendo un libro al lado del viejo del parque” –¡¿Un libro?!– exclamé con preocupación sobre ese insignificante hecho en comparación con los otros que se me estaban revelando como de mi autoría. “Sí, uno de Shakespeare, creo, ¡qué mariconada!” dijo el que estaba apoyado en la pared. A aquel policía no lo puedo describir. No logro recordar su figura puesto que la luz delineaba hasta su pecho, ocultando el acusatorio rostro del agente.
Ambos se quedaron en silencio durante un instante, probablemente esperando que yo respondiese algo o soltara un mínimo gesto para anunciar mi presencia desconcertada y negar con vehemencia tales acusaciones, pero yo no moví ni un músculo de mi cuerpo. Comencé a sentir esa presencia oscura que había sentido anoche, pero esta vez en la lúgubre salita de la estación de policía (o era en otra noche que extrañamente me pareció cercana, a esa altura dudaba hasta de mi respiración), me sentí rodeado de torrenciales pulsaciones que elevaron mi calor corporal a condiciones insoportables, los órganos se tostaban por dentro y no aguanté más. Me levanté de la silla aparatosamente y me abalancé con brutal fuerza sobre el gordo funcionario. Mis ojos apuntaron a su cuello y mis dientes clavaron su filo en alguna vital arteria. Lo sé, porque el chorro que emanó de su cuello entró cálido y abundante, bañando mi lengua con el rojizo y salino fluido corporal, no podía ser sólo piel y carne, estaba seguro de haber abierto una válvula importante. El otro policía reaccionó torpemente, oí sus gritos para levantarme pero éstos se alejaban hasta convertirse en un lejano eco. El asustado funcionario no interfirió sino hasta que vió el brote sanguíneo saliendo del cuello de su compañero, hecho que debió impactarlo a tal punto que se quedó inmóvil, quieto del susto, hasta el instante en que sus manos –mejor entrenadas que su cabeza– desenfundaron el arma de servicio y el cañón frío presionó mi nuca. Con ello volví a calmarme y levantando los brazos se apagó todo. Supongo que volví a desmayarme.
Me despertó el frío, en una sala blanca e iluminada por una línea de pequeñas ventanas enrejadas. Estaba atado de pies y manos, aunque no me sentí incómodo maniatado, si sentí una angustia que me hizo llorar al instante. Agradecí las cálidas gotas recorriendo mi rostro, fue como un gesto de amabilidad o de auxilio por parte de mi cuerpo, para calmar el dolor y el frío de la sala (porque no estaba siquiera cubierto por alguna manta). Durante esos instantes de autoconsuelo, recordé todo lo que había ocurrido en la estación de policía, recuerdo penosamente también, el hecho revelador de ser sindicado como un asesino, y no uno cualquiera, sino el asesino de mi esposa y de un viejo pensionista en un parque. Eso me hizo gritar, pedí ayuda, pedí enfermeros –o guardias– para venir a mi auxilio. Pasaron un par de minutos, como mucho, y entró un tipo gigante vestido de blanco que se apostó en la puerta de la sala, acompañado de una joven mujer que parecía salir de una oficina bancaria.
– ¿Es usted Julio Oliver? –me preguntó temblorosa.
– Sí, soy Julio Oliver, ¿Qué es esto?, ¿Por qué me retienen acá? –exclamé inocente.
–Usted señor, al parecer, no recuerda nada de lo ocurrido o no quiere acordarse. Pero no se preocupe, lo averiguaremos luego y se lo haremos saber al juez que investiga su caso.
–¿Qué caso? Dicen que maté a mi mujer, eso me lo contaron en la policía –contesté ciertamente confundido.
–Y también a Manuel Latorre, de sesenta y siete años y pensionista, en el parque Pedro Valdivia. Además de Andrés Civera, sargento del cuerpo de la policía nacional. Todos los crímenes de forma horrible y sanguinaria –sentenció con severidad la joven.
¬–Y usted, ¿Quién es? Mi abogada, supongo –respondí convencido.
–Para nada señor, soy la psiquiatra que envía la fiscalía para evaluar su caso.
–¿Qué es esto? ¿Por qué no he hablado con un abogado? ¿Dónde está mi esposa? –comencé a llorar pero de mi rostro no germinaron lágrimas, sólo quejidos y sollozos.
–Como le dije, su esposa está muerta y…espere –de una carpeta que descansaba en su bolso, la psiquiatra sacó un par de fotografías y me las enseñó, estirando el brazo pero manteniendo una distancia “higiénica” de mi presencia. Cuando las vi, me dieron ganas de vomitar. Era el cuerpo de una mujer, lo sé, reconocí la línea de tatuajes en su pierna izquierda, grabados en un muslo femenino. Estaba toda magullada y repartida en trozos, en verdaderos bloques de piel y cabello diseminados en un sucio suelo. Hice que apartara esas tétricas imágenes de mi vista, y al hacerlo, me largué a llorar sin consuelo.
–¡No recuerdo nada, se lo juro! ¿Qué es todo esto? ¡Yo no me he casado! –le gritaba con la mayor de las fuerzas a la joven funcionaria.
Después de esa presentación, yo no estaba en condiciones de seguir respondiendo, supongo que me alteré lo suficiente como para que el tipo grande, vestido de blanco, me sedara. Con el tiempo, las sesiones fueron intermitentes entre la psiquiatra y yo, ella procuró ayudarme contándome todo. La “historia oficial” (o la historia del yo contado por el otro) fue, poco menos que, avasalladora.
Resulta que yo era (desde ahora en adelante, siempre me referiré a mí como un “era”) un escritor de novelas, y muy bueno por lo demás, con carrera. Me aseguró también que jamás trabajé en el campo –que apenas visité un par de veces– a pesar de que mis temáticas novelescas versaban sobre la vida pastoril y campesina bajo múltiples dimensiones del espontáneo devenir de mujeres y hombres en tan tradicionales y místicos entornos. Sin embargo, no logró explicarme el suceso del asesinato del viejo del parque, puede que él haya estado leyendo la obra de Shakespeare o que yo la hubiese llevado conmigo, es posible que la propia lectura me hubiese desconcertado, y con ello, la malhumorada bestia sanguinaria haya despertado irascible y tormentosa. Aún se investiga sobre eso.
Y lo de “mi mujer”, bueno. No existen palabras que hagan justicia, a una minúscula insinuación capaz de describir el inmenso castigo que merezco por este crimen. Me hicieron ver y comprender que estuve casado, que viví con alguien y que ese alguien me amó, y yo al parecer, correspondí durante un tiempo a ese regalo. Se llamaba Lidia y no la recuerdo. Eso me destruye, además de mí supuesta patología psiquiátrica (de la cual aún dudo profundamente), me destruye de la forma que lo hace el oxígeno con nuestro cuerpo: necesario, lento y silencioso. Mi memoria aún no consigue ganarle la posición al olvido y mientras así sea, quedaré confinado en este asilo silencioso en donde soy una rata que estudian a diario, médicos, abogados, psiquiatras, estudiantes, periodistas. Los veo pasar por mi puerta, de vez en cuando un destello fotográfico invade de luz la jaula que habito y son mis únicas entretenciones en la órbita fronteriza a la que me han exiliado. Entre la realidad y lo real hay una distancia medicinal, lo sé, recorro todos los días ese trayecto sin final y busco piezas de mi vida pasada, la vida cuerda, la que dicen que viví y de la que aún no recuerdo nada. La vida paseando en el parque con un libro suspendido bajo el brazo, discutiendo de literatura con los abuelos del parque sin apuñalarles mientras recito a un clásico. La otra existencia con Lidia, la que comentan fue mi mujer y quise muchísimo, la vida tomados de la mano, la vida en abrazos pasionales y no en pedazos de mi amada.
Siento que estaré para siempre en este lugar y pienso que la sociedad esta vez acertó, y si la sociedad y la Justicia fallasen, sin duda me encerraría voluntariamente. Todas las noches siento (claro que, cada vez con menor intensidad) la presencia oscura que eleva mi presión sanguínea y me envuelve en un halo de agresividad compulsiva, la misma que podó mis recuerdos más felices, la misma que agilizó el fluido violento de mi alma y la misma que mató a la mujer, que dicen muchos, quise con locura.
¿Locura? El exceso de amor me volvió bestia. Allí conocí la locura.
Lamento día a día lo ocurrido a las personas a las que mi impío espíritu destruyó, aunque lamento más aún no lamentarlo con sinceridad, sino tener que vivir condenado a llorar mi falta de dominación sobre los más hondos impulsos, entre ellos, la memoria. Por ejemplo, no recuerdo la vez que apuñalé hasta la muerte a un anciano en un parque ¿En qué iba yo pensando? Si tan sólo recordara una minúscula sugerencia de mis intenciones de ese día para recrear las agresivas pulsaciones que moran en mi memoria y que me condujeron a tan impío acto, entonces podría declararme culpable y estas letras, que hieden a expiación, quedarían carentes de sentido y aisladas por el muro de lo incógnito
.Leí hace algún tiempo, en el informe oficial de la policía, que alguien me oyó gritando: “!Et tu brute, et tu brute!” y yo ni siquiera sabía qué significaba, me lo explicó con detalles después de que había sucedido el ataque al anciano del parque, la primera psiquiatra que trató mi caso. Me contó que era un fragmento de Shakespeare, de la obra La Tragedia de Julio César. No me lo creí cuando lo dijo, o mejor dicho, no tenía sentido tal cosa como para ser creíble. Yo soy casi un analfabeto, además de un bruto que intentó buena parte de su vida, si me permiten en una expresión, a clavar dos clavos dentro de un clavo con los dedos. ¿Entienden? Desde niño estuve ganándome la vida en labores tortuosas y severas, como la de plantar zanahorias en el campo, ¿Han plantado zanahorias alguna vez? ¿Todo el día encorvado con las manos en la tierra? Les aseguro que recordarán para siempre el primer día de trabajo y querrán olvidar a perpetuidad el segundo. Esos eran mis oficios y actividades desde mi juventud hasta que entablé alianza con el delirio. Nada de poesía ni libros, pues prefería la vida encorvado con la mirada en la tierra a tener mis ojos taladrados en páginas impolutas y embusteras. En fin, volviendo a lo de mi descontrol y violencia, sucedió otro hecho igual de desconcertante y anterior al ataque en el parque cuando citaba al –luego supe– “moribundo” Julio César de Shakespeare. En el tiempo madre de mi decadencia, en el origen de mi propio desvarío.
Fue la época en que caí en un espiral desconocido, el tiempo en donde sentí una presencia ingrávida y envolvente, cuando la locura me invitó a su baile impertérrito y al mismo momento extenso y dionisiaco: Una mañana de verano, altiva, cálida y radiante, no me presenté en la cuadrilla de peones para ir a una siembra de zanahorias (para variar), me quedé en casa compungido entre las sábanas, enredado en mi alcoba y prendiendo un cigarrillo tras otro. Estos eran los tiempos en que yo era un chiquillo, en donde mi alma, mi espíritu y mis deseos eran maniatados o liberados a mi antojo, pues mantenía aferrado el timón de mi proletaria vida. Era un pobre obrero que, a diferencia de hoy en día, disfrutaba soberanamente de la cordura.
En la tarde de ese día, en casa (yo recuerdo haber sido arrendatario de un piso), sentí una poderosa presencia a mí alrededor. El aire agarró un peso por sobre lo denso hasta el punto de emanar, por los rincones del cuarto, una neblina oscura que penetró mi vista y mis sentidos. Naturalmente pensé que era el humo de infinitos cigarrillos estacionados en mi cenicero (por lo demás, sobrepoblado de colillas), pero no percibí olor a tabaco quemado, no había aroma alguno en la habitación aunque seguía nublándose por los rincones y mis ojos no daban crédito ni explicación de lo que veían. Luego, la oscuridad y el frío. Supongo que caí desmayado porque desperté por la mañana –no sé si a la mañana siguiente, pero sin duda una de ellas– tendido a los pies de mi cama, en el rígido suelo. La habitación me pareció extraña y ajena, pero era la misma de siempre, con mi pequeño velador, las persianas a medio abrir y la cama deshecha. A pesar de las innegables características, el lugar no me era conocido del todo y me invadió una extrañeza angustiante, sobreviniendo un dolor punzante en la boca del estómago que penetraba fuertemente, infringiendo calambres hasta inducirme al vómito. Las náuseas me llevaron corriendo al cuarto de baño que afortunadamente estaba frente a mi habitación. Al abrir la puerta, un charco de sangre cubría la base de la bañera. Vomité un torrente extenso e incoloro, mientras mis ojos se desviaban involuntariamente (cuando no estaban concentrados en apuntar al inodoro) hacia la bañera, teñida de un sospechoso carmesí. Cuando el último estertor de mis entrañas finalmente se esfumó, lavé mi rostro sudoroso y sequé mis ojos empapados, respiré hondo y me volví hacia la bañera para comprobar lo que era imposible de negar. Efectivamente era sangre, que no sólo estaba esparcida en la bañera sino que también en la pálida puerta del cuarto de baño, dibujando una roja huella de mano y líneas inconexas, como una sutil sugerencia a un cuadro de Jackson Pollock. Yo estaba aterrado al mismo tiempo que impasible, además de mareado y enormemente confundido. Volví a mi cuarto para sentarme en la cama un momento, esperando reconstruir, a modo de rompecabezas, lo que había sucedido. Yo ni siquiera había previsto salir ese día, entonces ¿Cómo era posible que hubiese sangre en el cuarto de baño? Y ¿Cómo fue que dormí tan profundamente sin darme cuenta de nada? Pensé en la neblina, recordé (o intenté reconstruir mediante mi frágil memoria) la presencia oscura que me había derrumbado antes de desvanecerme en un desmayo. Me devané los sesos, durante ese angustioso instante, intentando ligar un evento con otro y, frente a la imposibilidad de hacerlos engranar decidí salir de casa, me vestí con celeridad y salí al pasillo. El ruido de cristales y vidrios rotos crujían por el suelo, levanté la planta del pie y observé la suela para descubrir el débil destello lumínico de las diseminadas piezas de cristal que se incrustaban en las honduras de mis botas. No sólo vidrio, sino pedazos de marcos y fotografías dispersas, todas rotas y fragmentadas. Estaba demasiado confundido, mareado, extrañado en aquel punto del día. Levanté una de las fotografías desde el suelo –o lo que había de ella– y era una joven mujer sonriente, luego levanté otra, era la misma mujer, luego otra y otra, en todas se repetía esta imagen. ¿Quién era esta joven mujer? ¿Por qué mi hogar estaba repleto de sus imágenes? La confusión era enorme, avasalladora y asfixiante. Sangre, nauseas, olvidos y fotografías de gente que desconocía decorando mi hogar (si es que ese lugar era mi hogar), se me presentaron como artefactos y talismanes en la antesala a mi extravío. Salí a la calle sin saber a dónde. Para escapar probablemente, pero ¿Escapar de qué?
Me dirigí hasta una estación de policía para contarles lo que había visto en la mañana. El oficial que me atendió no pareció inmutarse con el relato, mientras yo me esforzaba en describir detalladamente la cronología de los inverosímiles sucesos. Transpiré frío y unas gotas de sudor destacaron un surco húmedo en mi frente, el oficial insinuó tomar nota de mis descargos y llamó por teléfono, creo que a un superior (por la forma respetuosa y lacayuna con la que lo saludó) para comentarle lo que yo había le había descrito. Luego de asentir un par de veces y soltar monosílabos incomprensibles, el oficial de policía me hizo acompañarlo a otra sala en donde estaban conversando dos tipos, vestidos de traje, con corbatas excesivamente ceñidas al cuello, supuse eran policías, pero vestidos de civil. Uno de ellos, una persona de edad mediana y gordo, me invitó a sentarme para luego mirarme fijamente y preguntarme “¿Por qué los mataste?”, yo quedé estupefacto, aunque no perdí la noción de la realidad y respondí seguro: ¡¿Qué dices?!, ¿A quiénes te refieres? “A tú esposa y al viejo del parque”, me respondió extrañado, “¿Sabías que ese día el viejo se había jubilado? Toda una vida dedicada al trabajo. Haces lo tuyo sin molestar a nadie y siendo un factor importante de la producción, pasa el tiempo, te retiras con una justa pensión para pasar tus días bajo un merecido descanso y viene un hijo de puta y te arrebata esa satisfacción de deber cumplido en un instante de locura, con un cuchillo en mano”. Yo miraba atónito al funcionario gordo y él, no apartaba sus sentenciantes pupilas de la mías, mientras que el otro policía, apoyado en la pared de esa lúgubre salita y con los brazos cruzados exclamó, “dicho así, parece un acto poético de este asesino, y a mi no me parece tal cosa, ¿Viste las fotografías de su mujer? En cuatro partes la encontraron y aún falta la cabeza”. “Sí, claro, claro. Las he visto, pero lo que más me inquieta de este monstruo, es que le encontraron leyendo un libro al lado del viejo del parque” –¡¿Un libro?!– exclamé con preocupación sobre ese insignificante hecho en comparación con los otros que se me estaban revelando como de mi autoría. “Sí, uno de Shakespeare, creo, ¡qué mariconada!” dijo el que estaba apoyado en la pared. A aquel policía no lo puedo describir. No logro recordar su figura puesto que la luz delineaba hasta su pecho, ocultando el acusatorio rostro del agente.
Ambos se quedaron en silencio durante un instante, probablemente esperando que yo respondiese algo o soltara un mínimo gesto para anunciar mi presencia desconcertada y negar con vehemencia tales acusaciones, pero yo no moví ni un músculo de mi cuerpo. Comencé a sentir esa presencia oscura que había sentido anoche, pero esta vez en la lúgubre salita de la estación de policía (o era en otra noche que extrañamente me pareció cercana, a esa altura dudaba hasta de mi respiración), me sentí rodeado de torrenciales pulsaciones que elevaron mi calor corporal a condiciones insoportables, los órganos se tostaban por dentro y no aguanté más. Me levanté de la silla aparatosamente y me abalancé con brutal fuerza sobre el gordo funcionario. Mis ojos apuntaron a su cuello y mis dientes clavaron su filo en alguna vital arteria. Lo sé, porque el chorro que emanó de su cuello entró cálido y abundante, bañando mi lengua con el rojizo y salino fluido corporal, no podía ser sólo piel y carne, estaba seguro de haber abierto una válvula importante. El otro policía reaccionó torpemente, oí sus gritos para levantarme pero éstos se alejaban hasta convertirse en un lejano eco. El asustado funcionario no interfirió sino hasta que vió el brote sanguíneo saliendo del cuello de su compañero, hecho que debió impactarlo a tal punto que se quedó inmóvil, quieto del susto, hasta el instante en que sus manos –mejor entrenadas que su cabeza– desenfundaron el arma de servicio y el cañón frío presionó mi nuca. Con ello volví a calmarme y levantando los brazos se apagó todo. Supongo que volví a desmayarme.
Me despertó el frío, en una sala blanca e iluminada por una línea de pequeñas ventanas enrejadas. Estaba atado de pies y manos, aunque no me sentí incómodo maniatado, si sentí una angustia que me hizo llorar al instante. Agradecí las cálidas gotas recorriendo mi rostro, fue como un gesto de amabilidad o de auxilio por parte de mi cuerpo, para calmar el dolor y el frío de la sala (porque no estaba siquiera cubierto por alguna manta). Durante esos instantes de autoconsuelo, recordé todo lo que había ocurrido en la estación de policía, recuerdo penosamente también, el hecho revelador de ser sindicado como un asesino, y no uno cualquiera, sino el asesino de mi esposa y de un viejo pensionista en un parque. Eso me hizo gritar, pedí ayuda, pedí enfermeros –o guardias– para venir a mi auxilio. Pasaron un par de minutos, como mucho, y entró un tipo gigante vestido de blanco que se apostó en la puerta de la sala, acompañado de una joven mujer que parecía salir de una oficina bancaria.
– ¿Es usted Julio Oliver? –me preguntó temblorosa.
– Sí, soy Julio Oliver, ¿Qué es esto?, ¿Por qué me retienen acá? –exclamé inocente.
–Usted señor, al parecer, no recuerda nada de lo ocurrido o no quiere acordarse. Pero no se preocupe, lo averiguaremos luego y se lo haremos saber al juez que investiga su caso.
–¿Qué caso? Dicen que maté a mi mujer, eso me lo contaron en la policía –contesté ciertamente confundido.
–Y también a Manuel Latorre, de sesenta y siete años y pensionista, en el parque Pedro Valdivia. Además de Andrés Civera, sargento del cuerpo de la policía nacional. Todos los crímenes de forma horrible y sanguinaria –sentenció con severidad la joven.
¬–Y usted, ¿Quién es? Mi abogada, supongo –respondí convencido.
–Para nada señor, soy la psiquiatra que envía la fiscalía para evaluar su caso.
–¿Qué es esto? ¿Por qué no he hablado con un abogado? ¿Dónde está mi esposa? –comencé a llorar pero de mi rostro no germinaron lágrimas, sólo quejidos y sollozos.
–Como le dije, su esposa está muerta y…espere –de una carpeta que descansaba en su bolso, la psiquiatra sacó un par de fotografías y me las enseñó, estirando el brazo pero manteniendo una distancia “higiénica” de mi presencia. Cuando las vi, me dieron ganas de vomitar. Era el cuerpo de una mujer, lo sé, reconocí la línea de tatuajes en su pierna izquierda, grabados en un muslo femenino. Estaba toda magullada y repartida en trozos, en verdaderos bloques de piel y cabello diseminados en un sucio suelo. Hice que apartara esas tétricas imágenes de mi vista, y al hacerlo, me largué a llorar sin consuelo.
–¡No recuerdo nada, se lo juro! ¿Qué es todo esto? ¡Yo no me he casado! –le gritaba con la mayor de las fuerzas a la joven funcionaria.
Después de esa presentación, yo no estaba en condiciones de seguir respondiendo, supongo que me alteré lo suficiente como para que el tipo grande, vestido de blanco, me sedara. Con el tiempo, las sesiones fueron intermitentes entre la psiquiatra y yo, ella procuró ayudarme contándome todo. La “historia oficial” (o la historia del yo contado por el otro) fue, poco menos que, avasalladora.
Resulta que yo era (desde ahora en adelante, siempre me referiré a mí como un “era”) un escritor de novelas, y muy bueno por lo demás, con carrera. Me aseguró también que jamás trabajé en el campo –que apenas visité un par de veces– a pesar de que mis temáticas novelescas versaban sobre la vida pastoril y campesina bajo múltiples dimensiones del espontáneo devenir de mujeres y hombres en tan tradicionales y místicos entornos. Sin embargo, no logró explicarme el suceso del asesinato del viejo del parque, puede que él haya estado leyendo la obra de Shakespeare o que yo la hubiese llevado conmigo, es posible que la propia lectura me hubiese desconcertado, y con ello, la malhumorada bestia sanguinaria haya despertado irascible y tormentosa. Aún se investiga sobre eso.
Y lo de “mi mujer”, bueno. No existen palabras que hagan justicia, a una minúscula insinuación capaz de describir el inmenso castigo que merezco por este crimen. Me hicieron ver y comprender que estuve casado, que viví con alguien y que ese alguien me amó, y yo al parecer, correspondí durante un tiempo a ese regalo. Se llamaba Lidia y no la recuerdo. Eso me destruye, además de mí supuesta patología psiquiátrica (de la cual aún dudo profundamente), me destruye de la forma que lo hace el oxígeno con nuestro cuerpo: necesario, lento y silencioso. Mi memoria aún no consigue ganarle la posición al olvido y mientras así sea, quedaré confinado en este asilo silencioso en donde soy una rata que estudian a diario, médicos, abogados, psiquiatras, estudiantes, periodistas. Los veo pasar por mi puerta, de vez en cuando un destello fotográfico invade de luz la jaula que habito y son mis únicas entretenciones en la órbita fronteriza a la que me han exiliado. Entre la realidad y lo real hay una distancia medicinal, lo sé, recorro todos los días ese trayecto sin final y busco piezas de mi vida pasada, la vida cuerda, la que dicen que viví y de la que aún no recuerdo nada. La vida paseando en el parque con un libro suspendido bajo el brazo, discutiendo de literatura con los abuelos del parque sin apuñalarles mientras recito a un clásico. La otra existencia con Lidia, la que comentan fue mi mujer y quise muchísimo, la vida tomados de la mano, la vida en abrazos pasionales y no en pedazos de mi amada.
Siento que estaré para siempre en este lugar y pienso que la sociedad esta vez acertó, y si la sociedad y la Justicia fallasen, sin duda me encerraría voluntariamente. Todas las noches siento (claro que, cada vez con menor intensidad) la presencia oscura que eleva mi presión sanguínea y me envuelve en un halo de agresividad compulsiva, la misma que podó mis recuerdos más felices, la misma que agilizó el fluido violento de mi alma y la misma que mató a la mujer, que dicen muchos, quise con locura.
¿Locura? El exceso de amor me volvió bestia. Allí conocí la locura.
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