Creo que aún sigo enganchado y
necesitado de ella, aunque en menor grado. Después de mucho tiempo, aparezco
eventualmente por el bar –no necesariamente los viernes– y sin la esperanza o
ganas de verla. Ya ni la recuerdo, cuando antes lo hacía todos los días. Sé que
las cosas han cambiado y hasta cogí un poco de color en el rostro. Llegué a
pensar que estaba enfermo de ella, y afortunadamente ahora estaba en proceso de
curación, de expiación de un mortal virus. Faltaba sólo reparar las ganas
autodestructivas que me empujaban a protagonizar tristes eventos: las peleas
callejeras con desconocidos, las fiestas interminables y dionisiacas, la
innecesaria costumbre de emborracharme como si se acabara el mundo, el falso
cariño hacia otras mujeres que me sirvieron de repuesto (de eso también quiero
limpiarme la memoria y de paso, pedir clemencia), la artificial risa que
maniataba mi alegría.
¡Qué felicidad más ingrata!, me resigné
sin presentar condiciones; vivir y seguir viviendo sin tener motivos de fuego, pues
estoy privado del único órgano que quema y presiona las notas candentes del
alma. Tengo el pecho hueco y frío y todavía sigo despierto, todavía la sigo
viendo.
Ya ni la recuerdo, cuando antes lo hacía todos los días.
ResponderEliminarEso dice todo. ...
¡Qué felicidad más ingrata!, me resigné sin presentar condiciones; vivir y seguir viviendo sin tener motivos de fuego, pues estoy privado del único órgano que quema y presiona las notas candentes del alma. Tengo el pecho hueco y frío y todavía sigo despierto, todavía la sigo viendo. todo el tiempo!!
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