lunes, 14 de julio de 2014

         Creo que aún sigo enganchado y necesitado de ella, aunque en menor grado. Después de mucho tiempo, aparezco eventualmente por el bar –no necesariamente los viernes– y sin la esperanza o ganas de verla. Ya ni la recuerdo, cuando antes lo hacía todos los días. Sé que las cosas han cambiado y hasta cogí un poco de color en el rostro. Llegué a pensar que estaba enfermo de ella, y afortunadamente ahora estaba en proceso de curación, de expiación de un mortal virus. Faltaba sólo reparar las ganas autodestructivas que me empujaban a protagonizar tristes eventos: las peleas callejeras con desconocidos, las fiestas interminables y dionisiacas, la innecesaria costumbre de emborracharme como si se acabara el mundo, el falso cariño hacia otras mujeres que me sirvieron de repuesto (de eso también quiero limpiarme la memoria y de paso, pedir clemencia), la artificial risa que maniataba mi alegría.  

      ¡Qué felicidad más ingrata!, me resigné sin presentar condiciones; vivir y seguir viviendo sin tener motivos de fuego, pues estoy privado del único órgano que quema y presiona las notas candentes del alma. Tengo el pecho hueco y frío y todavía sigo despierto, todavía la sigo viendo.

2 comentarios:

  1. Ya ni la recuerdo, cuando antes lo hacía todos los días.


    Eso dice todo. ...

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  2. ¡Qué felicidad más ingrata!, me resigné sin presentar condiciones; vivir y seguir viviendo sin tener motivos de fuego, pues estoy privado del único órgano que quema y presiona las notas candentes del alma. Tengo el pecho hueco y frío y todavía sigo despierto, todavía la sigo viendo. todo el tiempo!!

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